Alimentación, hiperactividad y autismo

Hace poco leí un reportaje en el diario El País titulado “Trastornos del desarrollo, terapias biomédicas y alimentación”. Estaba escrito por Andreína White, dietista y colaboradora de Investigación y Desarrollo Panadero (Indespan) y me pareció realmente interesante y me gustaría compartir con vosotros esta información:

  • En la actualidad, uno de cada 75 niños está considerado dentro del espectro autista y un 10% de los niños sufre de déficit de atención con o sin hiperactividad. La medicina y la psicología convencional no pueden explicar el aumento exponencial de este síndrome.
  • ¿Por qué no creer y pensar que, aparte de la genética, hay factores externos que están incidiendo en este aumento de autismo, como es el estilo y modo de vida que llevamos, los factores tóxico-ambientales y lo que ingerimos, entre otros?
  • ¿Es que no son nuevos para nuestro organismo las ondas de telefonía móvil, los plásticos, el microondas, la cantidad de polución ambiental, los conservantes y colorantes, los fertilizantes, los procesados, los refinados, la alimentación basada en trigo, leche y azúcar; sumando el estrés y edad avanzada de una madre embarazada, los nuevos métodos de inseminación artificial, los partos no naturales (cesáreas), las múltiples vacunas que un niño recibe antes de los 2 años, las innecesarias veces que reciben antibióticos, la intoxicación por metales pesados, y entre otros miles de factores con los que el cuerpo de una criatura tiene que enfrentarse, tolerar inmunológicamente y desintoxicar?
  • Todos estos factores parece que afectan en mayor manera al colectivo del llamado «espectro autista», probablemente porque tienen una vulnerabilidad genética que los predispone a una intolerancia a la leche de vaca, lo que genera un intestino inflamado, sensible y permeable (el 100% de los niños con autismo sufren de problemas intestinales al haberse realizado biopsias), que altera al sistema inmune (70% de nuestro sistema inmune está en nuestro aparato digestivo) y produce una mala absorción de nutrientes, con importantes deficiencias nutricionales y un desequilibro en la flora bacteriana comensal, que a su vez permite una entrada de toxinas al organismo. A su vez, los individuos que padecen de espectro autista se caracterizan, por causa genética, por tener una baja capacidad de desintoxicación, lo que los vuelve mucho más vulnerables a los «tóxicos modernos» y a tener aún más un sistema inmune alterado, que produce un constante estado inflamatorio. Todo esto repercute en el cerebro, especialmente en el cerebelo, que es la parte del cerebro que regula las actitudes emocionales y conductas que se ven afectados en el autismo.
  • A raíz de este razonamiento, nació la terapia biomédica, que consiste en disminuir la entrada de tóxicos al organismo y tener una alimentación óptima y suplementada. De esta manera se quiere reparar el tracto digestivo, reponer la flora bacteriana, nutrir al organismo, desintoxicar el cuerpo, disminuir el estado inflamatorio y oxidativo y de esta manera reponer esa actividad normal del cerebro.
  • Centrándonos en la dieta, hay varios puntos a considerar. Uno, debemos pensar que genéticamente estamos hechos como los cavernícolas. Sólo tenemos un 1% que nos diferencia. ¿Qué comían los cavernícolas? Pues vegetales y proteínas animales. Sumado a esto, los alimentos disponibles en la dieta diaria tienen gran cantidad de fertilizantes, conservantes, colorantes y aditivos químicos, sustancias que el cuerpo debe desintoxicar. Si esta capacidad está disminuida, nos encontramos con que este «modernismo» no nos beneficia.
  • Además, debemos de pensar que la alimentación de hoy en día es prácticamente a base de lácteos (la leche de vaca es extraña para los humanos, pues no somos becerros), trigo (crea muy fácilmente reacciones inflamatorias) y azúcar (alimento totalmente refinado, que alimenta a la flora dis-biótica).
  • Entonces, dentro de la terapia biomédica, tratamos de llevar una alimentación similar a la que se usaba en el Paleolítico (a base principalmente de vegetales, proteínas animales y grasas), 100% biológica, exenta estrictamente de lácteos, azúcar y gluten (trigo y otros cereales), así como alimentos a los que cada paciente ha desarrollado su propia intolerancia.

Andreína White no es la única que piensa que la alimentación moderna es la responsable de diversos problemas en el comportamiento humano. Cada vez hay más intolerancias, cada vez hay más niños con problemas de hiperactividad o déficit de atención, y una alimentación sana puede ser la solución. Quizás sea un poco drástico dejar de comer de repente lácteos, azúcar y trigo, base de la alimentación moderna, pero creo que poco a poco deberíamos intentar evitar ciertos alimentos. En primer lugar aquellos que van acompañados de colorantes, saborificantes y conservantes artificiales, las típicas E-000 que aparecen en la mayoría de productos envasados. En segundo lugar, evitar el azúcar refinado y otros endulzantes artificiales. Hay sustitutivos muy válidos, como el sirope de ágave o la miel. Por supuesto, eso incluye acabar con la ingesta de bollería industrial. Y, finalmente, eliminar los lácteos, sobre todo la leche de vaca, que tantos problemas está dando hoy en día a tanta gente. Hay muchísimas alternativas en las leches vegetales: de soja, de almendras, de avellanas, de arroz, de avena, de chufa… que son mucho más nutritivas y digestivas, y muchas de ellas van acompañadas de un alga marina calcárea, que aporta el mismo calcio que la leche de vaca de manera natural. Eso sí, si no puedes evitar beber leche de vaca, para evitar ingerir pesticidas, hormonas y otros productos químicos, mejor que sea ecológica.

En realidad, lo ideal sería consumir todos los alimentos ecológicos, pero su elevado precio lo imposibilita para mucha gente. Al menos, leyendo las etiquetas de los productos, podemos evitar aquellos que contengan elementos artificiales, grasas saturadas y azúcar, e intentar llevar una dieta equilibrada con suficientes frutas, verduras, legumbres y cereales.

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